sábado, 19 de octubre de 2013

Luz de luna (1)

Era tarde, muy tarde. Aproximadamente las dos de la mañana. En realidad no lo sabía bien, no podía pensar con claridad. Estaba agotada. Notaba el cansancio en cada poro de su piel, en cada parte de su cuerpo. Tras un turno agotador trabajando en el Alaska, el bar más céntrico de la ciudad de Madrid, su amiga le reclama urgentemente. Necesito hablar, le había dicho entre llantos. Y tras una conversación sin sentido y un largo paseo por la ciudad se vio de pronto consolando a Ana y aguantando su insoportable parloteo. Ella no podía negarse ¿Que otra cosa iba a hacer?¿Decirle que no?¿Dejarla sola? Quizás ese había sido siempre su problema, no saber decir no.
 Metió la llave en la cerradura y, lentamente, abrió la puerta. Estaba todo muy oscuro, bañado por la tenue luz de la luna, pero no se molesto en encender la luz sino que se deslizó entre la oscuridad. Sin ni siquiera desnudarse, Elisa se tumbó sobre la cama dispuesta a caer en un profundo y reparador sueño. En ese momento oyó un grito, un grito ahogado que le puso los pelos de punta. Un grito que hizo que diera un brinco en la cama. Provenía de la cocina. A continuación oyó un sonido que no habría sabido describir. De pronto una idea terrible pasó por su cabeza. Una idea repugnante y asquerosa. Era como un cuchillo hendiendo la carne. Sintió nauseas.
Ahora se encontraba despierta, con los ojos muy abiertos y los puños muy cerrados. Contuvo la respiración. Esto no podía estar pasando. Seguramente se lo estaba imaginando. La falta de sueño suele jugar malas pasadas. Pero, ¿Y si no había imaginado nada?¿Y si había escuchado exactamente lo que había escuchado?¿Era posible que hubiera malinterpretado algún sonido? Probablemente estaba exagerando, se repitió asustada. Pero ya no podía dormir, así que, torpemente se levantó de la cama y empezó a caminar por su largo pasillo, muy despacio. Esta vez no se deslizaba en la oscuridad como un felino, iba despacio, paso por paso, asustada. Finalmente torció a la izquierda y entró en la cocina.
La ventana que daba al patio interior del edificio y comunicaba todos los pisos estaba abierta, que raro, ella siempre la cerraba antes de salir. Un discreto rayo de luna se colaba por la pequeña rendija. El grito, el ruido había venido de otro piso. De otra cocina. Por el patio se oía todo si no cerrabas la ventana. ¿De qué piso provenía ese temor que la había sacado de su sueño para someterla a una pesadilla? Tal vez no era nada, es más, estaba segura de que no era nada. No podía serlo. Se estaba comportando como una niña pequeña y asustada. Una niña estúpida, muy estúpida. De pronto se empezó a reír. Lo ridículo de la situación provocó su risa. Rió silenciosamente, se convulsionó repetidamente y decidió, ya con una sonrisa estúpida que nadie podría haber visto en esa oscuridad aterciopelada, regresar a su cama. Pero de pronto otro ruido la hizo saltar en medio del pasillo. Su corazón, y toda ella, dieron un vuelco literalmente. Su pecho dejo de latir durante un segundo. Había sonado el timbre, alguien llamaba a la puerta.

                                                                                                           Rafael Marrero Díaz.


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