lunes, 21 de octubre de 2013

Siempre había alguien (3)

Desde que abrió esa puerta, todo había pasado demasiado deprisa, tanto, que su mente no podía asimilar lo que pasaba. En unas horas su piso se volvió un caos de policías, cámaras, inspectores, sirenas, médicos... Elisa sentía un gran nudo en la garganta y un vacío en el pecho, todas aquellas personas que ahora invadían su piso desde la puerta hasta el último rincón, buscaban respuestas que ella sabía que allí no encontrarían. Oía ruidos de fondo, voces y alarmas, pero no conseguía concentrarse en un solo sonido, al igual que veía a mucha gente moviéndose de un lado a otro, muchos la esquivaban, y otros tropezaban contra ella, como si estuvieran ignorando su presencia o restándole importancia.

-¿Señorita?, disculpe, señorita Elisa, ¿señorita? -esta pregunta le sobresaltó e hizo que se girara rápidamente hacia el lugar de donde prevenía la voz que le llamaba.

- Ah, perdone, yo… ¿Qué es todo esto?, ¿por qué estaba ese hombre en mi baño?, no… No entiendo nada- predeciblemente sus mejillas se llenaron de lágrimas y un nudo en la garganta le impidió seguir hablando.
El detective, le cogió de la mano y le llevó a un lugar apartado de su piso, donde no pudieran escucharles hablar.

– Elisa, hemos encontrado esta foto en un armario del salón, creo que debería verla. Cogió con sus manos húmedas y temblorosas aquella vieja imagen, no recordaba haberla visto antes, tampoco reconocía a la mayoría de las personas que aparecían en ella. Sólo una cara le resultó familiar, sí, ya empezaba a entender qué pasaba allí.

La vieja bodega de su padre, donde cada domingo se reunía su familia para celebrar aquellas típicas comidas tan de ellos. Aquel hombre, sí, ya le reconocía, aquel que siempre se le quedaba mirando, aunque fuera tras una barra y algunas botellas, ella siempre supo que le miraba, que le seguía, que buscaba algo en ella.

Pasaron muchos años desde que volvió a verle cerca de ella, de su entorno, de su vida… Pero entonces, le vinieron a la mente varios flashes, de épocas pasadas, varios momentos en los que recordó ver su cara mezclada entre el gentío. Casi sin querer, la foto se resbaló entre sus manos y su cara palideció. Fue ahí, cuando se dio cuenta de que realmente, siempre había alguien, observándola, fijándose en cada movimiento, cada gesto, cada palabra. Siempre había alguien…

                                                                                                                            Isabel Alonso.

domingo, 20 de octubre de 2013

Visita "inesperada". (2)

Cogió el telefonillo y dejó salir un suave ¿Sí?
-Buenas noches, Detective Watson.- dijo una voz ruda, fuerte y bastante decidida.
¿Detective? Sin pensarlos dos veces Elisa abrió. Pocos minutos después sonó el timbre de su casa, abrió, obviamente debía ser el detective.
-Hola, muy buenas noches, Detective Watson.- Volvió a repetir aquel hombre, con aquella voz ruda, fuerte y bastante decidida, pero esta vez también pude ver su figura. Alto, corpulento, ojos negros, pelo de igual color, piel clara, muy clara, tanto, que incluso en la oscuridad del pasillo se notaba perfectamente su rostro.
Enseguida se le pasó por la cabeza una pregunta ridícula, ¿por qué no había encendido la luz?. Elisa, este no es el mejor momento para tus preguntas sin sentido, se dijo a si misma.
-Buenas noches Detective, Elisa Brooks.
-Han llamado a la comisaría, advirtiendo de unos gritos que provenían de este piso, señora, ¿ocurre algo?
¿Tan rápido? Esto había sucedido minutos antes. ¿En este piso? Una confusión, incluso ella misma lo había llegado a pensar.
-Sí, yo también oí unos gritos, de mujer, agudos, muy agudos, pero no procedieron de este piso, aquí vivo sola y acabo de llegar de trabajar...- parecía que se estaba defendiendo de aquellas preguntas, como si realmente hubiese sido culpable. Así que comprendió su siguiente movimiento.
-Perdone, ¿podría pasar?
-Por supuesto.- dijo sin miedo, ella sabía que no era culpable de nada, no sabía bien de que le estaban "acusando", pero sabía que no era cosa suya.
Elisa encendió la luz, llevaba apagada desde que entró aquella noche. El detective entró en todas las habitaciones, revisando debajo de las camas, los armarios y cualquier posible escondite.
-Parece ser que tenía razón, todo está en orden, lo siento por las molestias...- iba diciendo mientras se acercaba al baño, de repente abrió la ducha y se cayó, se quedó más blanco incluso de lo que ya era.

                                     
                                                                                                    Gabriela Martín Quintero.








sábado, 19 de octubre de 2013

Luz de luna (1)

Era tarde, muy tarde. Aproximadamente las dos de la mañana. En realidad no lo sabía bien, no podía pensar con claridad. Estaba agotada. Notaba el cansancio en cada poro de su piel, en cada parte de su cuerpo. Tras un turno agotador trabajando en el Alaska, el bar más céntrico de la ciudad de Madrid, su amiga le reclama urgentemente. Necesito hablar, le había dicho entre llantos. Y tras una conversación sin sentido y un largo paseo por la ciudad se vio de pronto consolando a Ana y aguantando su insoportable parloteo. Ella no podía negarse ¿Que otra cosa iba a hacer?¿Decirle que no?¿Dejarla sola? Quizás ese había sido siempre su problema, no saber decir no.
 Metió la llave en la cerradura y, lentamente, abrió la puerta. Estaba todo muy oscuro, bañado por la tenue luz de la luna, pero no se molesto en encender la luz sino que se deslizó entre la oscuridad. Sin ni siquiera desnudarse, Elisa se tumbó sobre la cama dispuesta a caer en un profundo y reparador sueño. En ese momento oyó un grito, un grito ahogado que le puso los pelos de punta. Un grito que hizo que diera un brinco en la cama. Provenía de la cocina. A continuación oyó un sonido que no habría sabido describir. De pronto una idea terrible pasó por su cabeza. Una idea repugnante y asquerosa. Era como un cuchillo hendiendo la carne. Sintió nauseas.
Ahora se encontraba despierta, con los ojos muy abiertos y los puños muy cerrados. Contuvo la respiración. Esto no podía estar pasando. Seguramente se lo estaba imaginando. La falta de sueño suele jugar malas pasadas. Pero, ¿Y si no había imaginado nada?¿Y si había escuchado exactamente lo que había escuchado?¿Era posible que hubiera malinterpretado algún sonido? Probablemente estaba exagerando, se repitió asustada. Pero ya no podía dormir, así que, torpemente se levantó de la cama y empezó a caminar por su largo pasillo, muy despacio. Esta vez no se deslizaba en la oscuridad como un felino, iba despacio, paso por paso, asustada. Finalmente torció a la izquierda y entró en la cocina.
La ventana que daba al patio interior del edificio y comunicaba todos los pisos estaba abierta, que raro, ella siempre la cerraba antes de salir. Un discreto rayo de luna se colaba por la pequeña rendija. El grito, el ruido había venido de otro piso. De otra cocina. Por el patio se oía todo si no cerrabas la ventana. ¿De qué piso provenía ese temor que la había sacado de su sueño para someterla a una pesadilla? Tal vez no era nada, es más, estaba segura de que no era nada. No podía serlo. Se estaba comportando como una niña pequeña y asustada. Una niña estúpida, muy estúpida. De pronto se empezó a reír. Lo ridículo de la situación provocó su risa. Rió silenciosamente, se convulsionó repetidamente y decidió, ya con una sonrisa estúpida que nadie podría haber visto en esa oscuridad aterciopelada, regresar a su cama. Pero de pronto otro ruido la hizo saltar en medio del pasillo. Su corazón, y toda ella, dieron un vuelco literalmente. Su pecho dejo de latir durante un segundo. Había sonado el timbre, alguien llamaba a la puerta.

                                                                                                           Rafael Marrero Díaz.