Desde que abrió esa puerta, todo había pasado demasiado deprisa, tanto, que su mente no podía asimilar lo que pasaba. En unas horas su piso se volvió un caos de policías, cámaras, inspectores, sirenas, médicos... Elisa sentía un gran nudo en la garganta y un vacío en el pecho, todas aquellas personas que ahora invadían su piso desde la puerta hasta el último rincón, buscaban respuestas que ella sabía que allí no encontrarían. Oía ruidos de fondo, voces y alarmas, pero no conseguía concentrarse en un solo sonido, al igual que veía a mucha gente moviéndose de un lado a otro, muchos la esquivaban, y otros tropezaban contra ella, como si estuvieran ignorando su presencia o restándole importancia.
-¿Señorita?, disculpe, señorita Elisa, ¿señorita? -esta pregunta le sobresaltó e hizo que se girara rápidamente hacia el lugar de donde prevenía la voz que le llamaba.
- Ah, perdone, yo… ¿Qué es todo esto?, ¿por qué estaba ese hombre en mi baño?, no… No entiendo nada- predeciblemente sus mejillas se llenaron de lágrimas y un nudo en la garganta le impidió seguir hablando.
El detective, le cogió de la mano y le llevó a un lugar apartado de su piso, donde no pudieran escucharles hablar.
– Elisa, hemos encontrado esta foto en un armario del salón, creo que debería verla. Cogió con sus manos húmedas y temblorosas aquella vieja imagen, no recordaba haberla visto antes, tampoco reconocía a la mayoría de las personas que aparecían en ella. Sólo una cara le resultó familiar, sí, ya empezaba a entender qué pasaba allí.
La vieja bodega de su padre, donde cada domingo se reunía su familia para celebrar aquellas típicas comidas tan de ellos. Aquel hombre, sí, ya le reconocía, aquel que siempre se le quedaba mirando, aunque fuera tras una barra y algunas botellas, ella siempre supo que le miraba, que le seguía, que buscaba algo en ella.
Pasaron muchos años desde que volvió a verle cerca de ella, de su entorno, de su vida… Pero entonces, le vinieron a la mente varios flashes, de épocas pasadas, varios momentos en los que recordó ver su cara mezclada entre el gentío. Casi sin querer, la foto se resbaló entre sus manos y su cara palideció. Fue ahí, cuando se dio cuenta de que realmente, siempre había alguien, observándola, fijándose en cada movimiento, cada gesto, cada palabra. Siempre había alguien…
Isabel Alonso.